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Unidad Nacional de Seguridad Vial

Presidencia de la República Oriental del Urguay
9/18/14

2016 :: ¿Uruguayos solidarios?

De vez en cuando, a los uruguayos nos da por enamorarnos de nosotros mismos.

A tal punto, a veces, de utilizar auto complacientemente algunos manidos clichés, como el de “la garra charrúa”, el harto repetido “somos grises”, o la arriesgada y exagerada afirmación que sostiene “somos amables, gentiles y solidarios”.

Se puede afirmar que son estas tres las caracterizaciones que con más frecuencia emergen, espontáneamente, cuando hablamos sobre nosotros mismos; ya sea con extranjeros que nos visitan, o cuando salimos al exterior y nos preguntan “cómo somos”.

Muchos turistas y visitantes, justo es decirlo, han inflado nuestra autoestima cuando destacan nuestro don de gente, nuestra amabilidad y nuestra solidaridad.

Estudios de opinión pública realizados en noviembre de 2013 (*1) indican que “los uruguayos que se declaran más felices son los que a su vez puntúan más alta la importancia de la solidaridad en su vida diaria” (*2)

Pero además, prosigue la nota citada, “¿cuán importante es la solidaridad en su vida diaria?" Esta fue una de las preguntas que los encuestadores de Opción le hicieron a 600 uruguayos, pidiéndoles que respondan en una escala de 1 a 10, en donde 1 es "nada importante" y 10 es "extremadamente importante". La amplia mayoría (76,9%) contestó en niveles entre 8 y 10. Solo 10,3% le dio un puntaje bajo -de 1 a 5- y 12,9% eligió el 6 o el 7.

Podemos concluir, pues, que a los orientales “nos importa mucho la solidaridad”. ¿Podemos?

“¡Claro!” dirían muchos ahora mismo. Porque esto condice, “cierra” perfectamente con esa percepción bastante generalizada que toma notoriedad cuando se realizan campañas de bien público como las de las fundaciones Teletón, Pérez Scremini, Peluffo Higuens, organismos internacionales como UNICEF; o campañas solidarias para poblaciones que sufren los efectos de las inundaciones o situaciones de particular vulnerabilidad social.

Sin embargo, esa aparente idiosincrasia se transforma en un verdadero espejismo cuando nos internamos en nuestro tránsito.
Salvando las excepciones, que para el caso confirman la regla, los uruguayos somos bastante egoístas en nuestras conductas viales.Automovilistas, ciclistas, motociclistas, y hasta peatones, sufrimos una transformación digna de análisis.

Aquel corto animado de “Mr. Walker” protagonizado por “Goofy” es lo que más se asemeja a un espejo de nuestra vida cotidiana.
Nada como esa ironía mezclada con una especie de tonto orgullo morboso para ver nuestra peor parte y reconocer (por instantes) que la mutación sufrida por el personaje de Walt Disney es la que nos ocurre todos los días al sentarnos al volante.

Pero nos dura poco la autocrítica.

A la hora de analizar el problema de la siniestralidad vial (una de las formas de violencia social que generalmente excluimos de tal categoría), generalmente ubicamos en “el otro”, en “el afuera”, la responsabilidad y, sobre todo, la culpa. Nos gusta conjugar los verbos en tercera persona, nunca en primera, ni colectivamente en un: “nosotros”.

Llama la atención cuando otro conductor nos hace seña de luces para salir del estacionamiento en lugar de avanzar y quedar bloqueando el espacio que nos permitiría la retirada, aún cuando la espera en el semáforo sea inevitable y el sentido común le indique la conveniencia de permitirnos salir. No somos gentiles.

Pensamos que es un extranjero, por no decir un extraterrestre, aquél que previó que la vía estaba completa y que si avanzaba para quedar detenido detrás del último nos obstruía el paso a quienes íbamos por la transversal. No somos amables.

No damos crédito a nuestros sentidos, si se nos apagó el auto en un repecho y el que está atrás no nos toca bocina. No somos corteses.

No practicamos la empatía, no nos identificamos mental y afectivamente con las peripecias ajenas, de nuestro prójimo. El mismo caballero que permite subir primero a la dama al ascensor o al ómnibus, la encierra en un cambio de carril o no le permite el paso si el de ella se ve interrumpido por alguna obra sobre la calzada. No somos solidarios.

Para abonar esa bipolaridad, ese “doble discurso”, esa inconsistencia entre lo que decimos y lo que hacemos, o entre lo que pensamos y lo que decimos que hacemos, es bueno analizar datos del estudio de opinión pública que, en su tercera edición, ha venido realizando el Grupo Radar para la Unidad Nacional de Seguridad Vial.

Los uruguayos decimos, en un parangón con lo que decimos sobre la solidaridad, que los siniestros de tránsito nos importan muchísimo. En una escala del cero al diez, en donde cero es “nada” y diez es “muchísimo”, el promedio de opinión es 8,4%, y el 74% de los uruguayos colocamos entre 8 y 10 nuestro nivel de preocupación por el tema.

Sin embargo, el mismo estudio arroja constataciones que contradicen absolutamente esa supuesta preocupación, dado que sólo el 2% de los uruguayos sabemos la cantidad de fallecidos en el tránsito del último año, y el 64% de los que estimaron cifras lo hicieron por debajo de las cifras reales.

Otro ejemplo palmario de nuestra incongruencia surge al percatarnos de que el 71% (¡!) de los uruguayos admitimos que no utilizamos el cinturón de seguridad en las plazas traseras de los vehículos.

Ni que hablar, si en lugar de analizar nuestras opiniones, vamos al estudio que midió nuestro comportamiento real por observación, ya que, nada menos que el 72% de los conductores, llevan a sus niños sin Sistemas de Retención Infantil (sillas).

El Uruguay está despertando de un largo letargo en materia de seguridad vial. El tema está presente, mucho más presente que antes, y hay indicios de que hemos decidido dejar de barrer para abajo de la alfombra y repetir frases tan poco inteligentes como “qué mala suerte que tuvo, estaba para él”.

Hoy pululan los estímulos. Nos distraemos. La información fluye, el hombre moderno avanza sobre sus propios errores, y los repite. Los animales se alejan del peligro, a los humanos nos atrae.

Calmarnos nosotros, individualmente, para calmar nuestro tránsito, es uno de los desafíos más importantes de la hora. Otras sociedades despertaron antes y lo están haciendo.

Queda mucho por hacer, pero no habrá frutos si no profundizamos en cambiar nuestras conductas, nuestra cultura vial, que debería ser mucho más gentil, amable, cortés, solidaria y empática.

Pongámonos en lugar del otro, practiquemos la solidaridad verdadera. Manejemos nuestros vehículos como les decimos a nuestros hijos que deben manejarse en la vida. Seamos ejemplares peatones, tan ejemplares como le exigimos a los demás que lo sean cuando nosotros vamos en auto o en moto. Miremos introspectivamente nuestros actos, antes de levantar el dedo acusador.

Con ese auto análisis imprescindible vendrán los avances colectivos que se construyen con los cambios individuales, y después, seguramente la condena social, esta sí, colectiva, de una sociedad que debe protegerse y censurar las prácticas de riesgo, como ya lo logramos con el tabaco o el alcohol para conducir.

(*1) Diario El País, 11/11/2013
(*2) Opción Consultores